Sueños

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Todo estaba fabricado de jamón york. Paseaba por la calle El Pozo, cruce con la avenida Campofrío, y alternaba un mordisco a las farolas con otro a las ruedas del coche, en cualquier caso todo sabía a delicioso jamón york de primera calidad. Desde todos los costados se desprendía ese olor a delicioso jamón cocido. La ciudad de Navidul era como un sueño para un servidor…

Era un sueño. Lo era hasta que el Jefe me ha despertado por la mañana, considerando que las 13 horas de un 27 de febrero era momento de levantarse, qué sabrá él. De mala gana moví el rabo simulando alegría al ver sustituida mi visión de la ciudad de Navidul por la del rostro del Jefe, con la vaga esperanza de que me diese una loncha de ese jamón de york que sé que guarda en la nevera. Si no es por mí, es que se va a poner malo. Pero no hubo suerte.

¿Me tiro o no me tiro? ¡Floc, hay razones para vivir! El jamón de york, los canelones, la paella…

Para no parecer un desagradecido, he de admitir que en seguida hemos salido a dar una vuelta por el barrio, cosa que me agrada tremendamente y que me proporciona pequeñas dosis de comida prohibida -entiéndase comida prohibida todo aquello que no sean esas bolitas de pienso. Hoy no hemos podido pasear mucho puesto que el Jefe se ha dormido en los laureles y me ha despertado demasiado tarde, así que nos hemos dirigido a la casa de la tortura.

Habéis acertado si estáis pensando que he vuelto a exagerar con lo de la casa de la tortura. No es más que la casa de los abuelos del Jefe, también les llamo Jefes, yo me entiendo. Allí toda la estirpe de los Jefes se reúnen a diario para comer deliciosos manjares a los que, por descontado, insisten en no invitarme. Con la abuela del Jefe he hecho muy buenas migas, con chistorra y longaniza. La verdad es que nos llevamos muy bien, así que a escondidas del Jefe todos los días me da algo, algo que por supuesto siempre considero insuficiente, pero se lo curra mucho igualmente. Hoy me ha preparado un canelón, los jueves suele cocinarlos. He notado que hoy le ha añadido un poco de hígado de conejo, la verdad es que le han quedado geniales. (Nota mental: digo han quedado geniales suponiendo que los otros canelones que yo no he probado estaban igual de buenos que el -único- que he comido).

El caso es que a mí un canelón me dura menos que un trozo de jamón de york en la puerta de un canódromo, así que es entonces cuando comienza la tortura. Hoy le he contado hasta 8 canelones al Jefe, que además come con cansina lentitud, por más que insisto no me deja que le eche una mano. Imaginaos una hora así. Dios me ha dotado de un olfato inigualable y de un apetito sin igual, y allí están, encima de la mesa, como esperando a que se enfríen, ocho canelones con su bechamel, su queso, su carne, su hígado. Esa es mi tortura.

La escena siempre termina igual: tras meditarlo profundamente, el Jefe al fin termina su abundante ración y nos vamos de vuelta a casa. Suelo llegar y comerme a regañadientes las bolitas esas de pienso, para después echarme una buena siesta, como manda la tradición.

Y en esas estoy, exprimiendo los últimos gramos de fuerza que me proporciona un canelón antes de caerme dormido encima del notebook. Una nueva siesta y con suerte, otro sueño como el de ayer. Un lametazo.

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